Hay días en los que pienso que la vida está hecha de palabras.
No de grandes discursos ni de frases memorables. Hablo de esas palabras pequeñas que nos acompañan desde siempre: las que escuchamos en la cocina de la infancia, las que alguien nos susurró para consolarnos, las que dijimos tarde, cuando ya creíamos que era imposible decirlas.
Las palabras son una forma de hogar.
Me pregunto que es antes ¿el silencio o la palabra?
Antes de aprender a leer el mundo, aprendimos a nombrarlo. Y al nombrarlo, comenzó a existir de otro modo. Un árbol dejó de ser apenas una sombra verde. Una madre dejó de ser solamente una presencia cálida. Un miedo dejó de ser un nudo sin forma cuando encontramos la palabra capaz de contenerlo.
Quizás por eso escribir sea uno de los actos más profundamente humanos. Escribir es recoger fragmentos dispersos de la experiencia y ofrecerles una morada. Es impedir que ciertos recuerdos se pierdan en la corriente del tiempo. Es tender un puente entre nuestra soledad y la de los otros.
Las palabras también tienen el poder de transformar. Una sola puede abrir una puerta o cerrarla. Puede herir durante años o acompañar toda una vida. Puede sembrar una esperanza donde parecía no haber nada.
En tiempos de ruido, la palabra verdadera se vuelve un acto de resistencia.
Al nombrar algo por primera vez descubrimos que no estábamos solos, que había otros capaces de comprender lo que sentíamos.
Quizás por eso nunca olvidamos del todo aquella primera palabra: porque en ella comenzó nuestra manera de habitar la vida.
