La violencia de género no nace de un día para otro, ni habita solamente en los hechos que alcanzan los titulares. También crece en los silencios, en las desigualdades naturalizadas, en las palabras que minimizan, en los miedos heredados y en las formas de vincularnos que aprendemos sin cuestionar.
Mirarla desde una perspectiva sistémica implica comprender que no se trata únicamente de responsabilidades individuales, sino también de tramas culturales, familiares e institucionales que, a veces sin advertirlo, sostienen viejos desequilibrios de poder.
Lo sistémico no busca señalar culpables colectivos, sino reconocer que todos formamos parte de una red capaz de reproducir o transformar aquello que duele.
Por eso, transformar la violencia no es solamente intervenir cuando el daño ya ocurrió.
Quizás el desafío de este tiempo sea animarnos a construir otros relatos. Relatos donde la fuerza no se confunda con dominio, donde el amor no exija renuncias que lastiman y donde la diferencia no sea una amenaza sino una posibilidad de encuentro.
Porque toda sociedad cuenta historias sobre sí misma. Y las historias que elegimos sostener terminan definiendo la vida que hacemos posible para los demás y para nosotros mismos.
Como escribió Simone de Beauvoir:
“Basta una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados.”
Una frase para recordar que la igualdad no es una conquista definitiva, sino una construcción que requiere conciencia, diálogo y compromiso permanente de todos; pero de algunos, mucho más.
Pintura: ‘Susana y los Viejos’, de Artemisia Gentileschi.
