El colibrí que olvidó cantar

El alma florece cuando deja de luchar contra su dolor y comienza a tratarse con la misma ternura que siempre buscó recibir.

Hace mucho tiempo, en un valle escondido entre montañas, vivía un pequeño colibrí llamado Aru. Sus plumas brillaban como el sol sobre el agua y, cuando volaba, parecía una chispa de colores danzando en el aire.

Pero Aru tenía un secreto.

Aunque todos los pájaros del bosque cantaban al amanecer, él permanecía en silencio.

Una tarde, mientras observaba las flores sin acercarse a ellas, una anciana chamana se sentó junto al río y lo llamó con dulzura:

—Pequeño colibrí, ¿por qué escondes tu canto?

Aru bajó la mirada.

—Porque una vez canté y nadie me escuchó. Volé hacia una flor y se cerró antes de que pudiera beber su néctar. Desde entonces, siento que algo dentro de mí está triste.

La anciana sonrió.

—Vení conmigo.

Lo condujo hasta una cueva iluminada por cristales. En el centro había un espejo de agua.

—Mira.

Aru observó su reflejo y, para su sorpresa, no vio un colibrí adulto. Vio un colibrí muy pequeño, temblando y escondido entre ramas.

—¿Quién es él? —preguntó.

—Es tu niño interior —respondió la chamana—. La parte de vos que aún guarda las heridas de aquello que mucho dolió.

Aru sintió una profunda ternura al verse tan indefenso.

—¿Y qué hago para que deje de sufrir?

La anciana tomó una pluma y la dejó caer sobre el agua.

—No necesitas obligarlo a ser fuerte. Necesitas acompañarlo.

Durante muchos días, Aru regresó a la cueva. Cada vez que aparecía el pequeño colibrí en el espejo, le hablaba con cariño.

Le decía:

“Estoy aquí.”

“Ahora no te abandonaré.”

“Lo que pasó fue doloroso, pero ya no estás solo.”

Poco a poco, el colibrí pequeño dejó de esconderse.

Una mañana, ambos reflejos se unieron en uno solo.

Y entonces ocurrió algo mágico.

Sin esfuerzo, sin miedo, Aru comenzó a cantar.

El bosque entero se llenó de una melodía tan hermosa que las flores se abrieron antes de que él llegara.

La anciana chamana, desde lejos, sonrió.

Sabía que el verdadero canto no nace de un corazón perfecto.

Nace de un corazón que aprendió a abrazar sus heridas.

Todos los días.