Autor: Belén Ebner

  • Infoxicación: cuando sabemos demasiado y nos escuchamos demasiado poco
    Paweł Kuczyński Nacido en 1976 en Szczecin, Polonia, artista contemporáneo conocido por sus ilustraciones que diseccionan problemas sociales, políticos y ambientales

    Infoxicación: cuando sabemos demasiado y nos escuchamos demasiado poco

    “La abundancia de información no garantiza claridad; a veces, para volver a escucharnos, necesitamos aprender a dejar de atenderlo todo.”

    El término infoxicación fue creado en 1996 por el consultor, empresario y experto en información español Alfons Cornella. Es un neologismo introducido a partir de la unión de las palabras información e intoxicación para describir la saturación y el exceso de información que nos impide procesar y profundizar en los datos que recibimos a diario.

    La infoxicación no es un problema tecnológico. Es un problema humano. Disponer de más información no necesariamente nos vuelve más sabios. De hecho, puede ocurrir lo contrario. Cuando todo reclama nuestra atención con la misma urgencia, perdemos la capacidad de distinguir qué merece realmente ser pensado.

    No es que recibamos demasiados datos; es que nuestro sistema nervioso, nuestra biografía y nuestras relaciones tienen límites. El cerebro necesita pausas para integrar, discernir y dar significado.

    Sin ese tiempo de digestión, la información deja de nutrir y comienza a intoxicar.

    Sabemos muchas cosas sobre el mundo y cada vez menos sobre nosotros mismos.

    Preguntamos a los algoritmos qué debemos leer, comer, comprar o sentir. La abundancia de respuestas ha debilitado el músculo de las preguntas.

    ¿Qué voz queda cuando el ruido disminuye?

    Desde una mirada sistémica, la infoxicación tampoco es un fenómeno individual. No afecta solamente a personas aisladas frente a una pantalla. Impacta en familias y comunidades.

    En las familias, la atención fragmentada dificulta la escucha profunda. Compartimos espacios físicos mientras habitamos universos hiperconectados.

    La infoxicación no solo altera nuestra manera de pensar. También atraviesa el cuerpo.

    Nuestro cerebro evolucionó para responder a amenazas puntuales, no para recibir estímulos ininterrumpidos durante dieciséis horas al día. Cada notificación, cada noticia alarmante, cada urgencia ajena activa, en mayor o menor medida, mecanismos de alerta. Cuando esto se vuelve crónico, el cuerpo puede permanecer en un estado de vigilancia silenciosa: dificultad para concentrarse, cansancio mental, irritabilidad, insomnio, sensación de ansiedad, agotamiento emocional e incluso una percepción persistente de que siempre estamos llegando tarde a algo.

    ¿Cómo hacerlo sin aislarnos del mundo?

    Tal vez no se trate de consumir menos información, sino de relacionarnos mejor con ella.

    Algunas prácticas fáciles que pueden marcar una diferencia inmediata:

    • Elegir dos o tres momentos específicos del día para informarnos, en lugar de hacerlo de manera compulsiva.
    • Desactivar aquellas notificaciones que no sean verdaderamente importantes.
    • Antes de dormir, ofrecerle al cerebro un tiempo sin pantallas para que pueda desacelerarse.
    • Reservar espacios de atención plena: leer unas páginas de un libro, cocinar, caminar, escribir o conversar sin interrupciones.
    • Preguntarnos, cada vez que incorporamos un nuevo contenido: ¿esto me aporta comprensión o solo aumenta mi ruido interno?

    “Donde ponemos la atención, va nuestra energía”.

    “El precio de la libertad, es la incertidumbre” Alfons Cornella

  • La palabra: ese pequeño milagro que nos salva del olvido
    El Poder de la Palabra (Escultura) Miguel Guía

    La palabra: ese pequeño milagro que nos salva del olvido

    Hay días en los que pienso que la vida está hecha de palabras.

    No de grandes discursos ni de frases memorables. Hablo de esas palabras pequeñas que nos acompañan desde siempre: las que escuchamos en la cocina de la infancia, las que alguien nos susurró para consolarnos, las que dijimos tarde, cuando ya creíamos que era imposible decirlas.

    Las palabras son una forma de hogar.

    Me pregunto que es antes ¿el silencio o la palabra?

    Antes de aprender a leer el mundo, aprendimos a nombrarlo. Y al nombrarlo, comenzó a existir de otro modo. Un árbol dejó de ser apenas una sombra verde. Una madre dejó de ser solamente una presencia cálida. Un miedo dejó de ser un nudo sin forma cuando encontramos la palabra capaz de contenerlo.

    Quizás por eso escribir sea uno de los actos más profundamente humanos. Escribir es recoger fragmentos dispersos de la experiencia y ofrecerles una morada. Es impedir que ciertos recuerdos se pierdan en la corriente del tiempo. Es tender un puente entre nuestra soledad y la de los otros.

    Las palabras también tienen el poder de transformar. Una sola puede abrir una puerta o cerrarla. Puede herir durante años o acompañar toda una vida. Puede sembrar una esperanza donde parecía no haber nada.

    En tiempos de ruido, la palabra verdadera se vuelve un acto de resistencia.

    Al nombrar algo por primera vez descubrimos que no estábamos solos, que había otros capaces de comprender lo que sentíamos.

    Quizás por eso nunca olvidamos del todo aquella primera palabra: porque en ella comenzó nuestra manera de habitar la vida.

  • El colibrí que olvidó cantar

    El alma florece cuando deja de luchar contra su dolor y comienza a tratarse con la misma ternura que siempre buscó recibir.

    Hace mucho tiempo, en un valle escondido entre montañas, vivía un pequeño colibrí llamado Aru. Sus plumas brillaban como el sol sobre el agua y, cuando volaba, parecía una chispa de colores danzando en el aire.

    Pero Aru tenía un secreto.

    Aunque todos los pájaros del bosque cantaban al amanecer, él permanecía en silencio.

    Una tarde, mientras observaba las flores sin acercarse a ellas, una anciana chamana se sentó junto al río y lo llamó con dulzura:

    —Pequeño colibrí, ¿por qué escondes tu canto?

    Aru bajó la mirada.

    —Porque una vez canté y nadie me escuchó. Volé hacia una flor y se cerró antes de que pudiera beber su néctar. Desde entonces, siento que algo dentro de mí está triste.

    La anciana sonrió.

    —Vení conmigo.

    Lo condujo hasta una cueva iluminada por cristales. En el centro había un espejo de agua.

    —Mira.

    Aru observó su reflejo y, para su sorpresa, no vio un colibrí adulto. Vio un colibrí muy pequeño, temblando y escondido entre ramas.

    —¿Quién es él? —preguntó.

    —Es tu niño interior —respondió la chamana—. La parte de vos que aún guarda las heridas de aquello que mucho dolió.

    Aru sintió una profunda ternura al verse tan indefenso.

    —¿Y qué hago para que deje de sufrir?

    La anciana tomó una pluma y la dejó caer sobre el agua.

    —No necesitas obligarlo a ser fuerte. Necesitas acompañarlo.

    Durante muchos días, Aru regresó a la cueva. Cada vez que aparecía el pequeño colibrí en el espejo, le hablaba con cariño.

    Le decía:

    “Estoy aquí.”

    “Ahora no te abandonaré.”

    “Lo que pasó fue doloroso, pero ya no estás solo.”

    Poco a poco, el colibrí pequeño dejó de esconderse.

    Una mañana, ambos reflejos se unieron en uno solo.

    Y entonces ocurrió algo mágico.

    Sin esfuerzo, sin miedo, Aru comenzó a cantar.

    El bosque entero se llenó de una melodía tan hermosa que las flores se abrieron antes de que él llegara.

    La anciana chamana, desde lejos, sonrió.

    Sabía que el verdadero canto no nace de un corazón perfecto.

    Nace de un corazón que aprendió a abrazar sus heridas.

    Todos los días.

  • El músculo invisible que cambia una vida

    “Tu cerebro no cree en las palabras, cree en las pruebas: cómo aprender a confiar en vos”.

    CONFIANZA/Sonia Koch/Pintora_Chilena

    Confiar en sí mismos, no es estar seguros de que todo va a salir bien. Es saber que, aun cuando algo no sale como esperabas, podés encontrar recursos para atravesarlo.

    Desde las neurociencias se sabe que el cerebro aprende la confianza de una manera muy concreta: acumulando evidencia.

    No cree demasiado en los discursos grandilocuentes ni en las afirmaciones repetidas frente al espejo. Cree en las experiencias. Cada vez que haces algo que pensabas que no podías hacer, cada vez que sostenés una conversación difícil o cumplís una promesa que te hiciste, tu cerebro registra una prueba silenciosa: “puedo contar conmigo”.

    Muchas veces confundimos confianza con ausencia de miedo. Sin embargo, los circuitos cerebrales relacionados con la amenaza no desaparecen cuando confiamos. Lo que cambia es que otras regiones del cerebro, vinculadas a la regulación emocional y la toma de decisiones, aprenden a no cederles todo el control.

    La confianza no nace de pensar distinto. Nace de actuar distinto.

    Tres pasos prácticos para fortalecer tu confianza

    1. Cumplí una promesa mínima cada día
    No elijas algo grande. Elegí algo pequeño y concreto: caminar diez minutos, ordenar un cajón, escribir una página. Cuando lo cumplas, tu cerebro registrará coherencia entre intención y acción.

    2. Hace algo incómodo durante cinco minutos
    Llamar a alguien, preguntar algo, ofrecer una propuesta, expresar una opinión. La confianza crece en el borde de la incomodidad, no dentro de la zona conocida.

    3. Lleva un registro de evidencias
    Cada noche anota tres cosas que resolviste durante el día, por pequeñas que parezcan. El cerebro tiene tendencia a recordar los errores; este ejercicio te enseña a reconocer también sus capacidades.

    La verdadera confianza no aparece cuando desaparecen las dudas. Aparece cuando descubres que las dudas pueden viajar contigo sin decidir por ti. Y entonces, poco a poco, dejas de preguntarte si serás capaz y comenzas a comprobar que ya lo sos.

    Pintura: CONFIANZA-Sonia Koch-Pintora Chilena

  • ¿Qué sucede en una sociedad cuando el dolor se vuelve costumbre?
    'Susana y los Viejos', de Artemisia Gentileschi.

    ¿Qué sucede en una sociedad cuando el dolor se vuelve costumbre?

    La violencia de género no nace de un día para otro, ni habita solamente en los hechos que alcanzan los titulares. También crece en los silencios, en las desigualdades naturalizadas, en las palabras que minimizan, en los miedos heredados y en las formas de vincularnos que aprendemos sin cuestionar.

    Mirarla desde una perspectiva sistémica implica comprender que no se trata únicamente de responsabilidades individuales, sino también de tramas culturales, familiares e institucionales que, a veces sin advertirlo, sostienen viejos desequilibrios de poder.

    Lo sistémico no busca señalar culpables colectivos, sino reconocer que todos formamos parte de una red capaz de reproducir o transformar aquello que duele.

    Por eso, transformar la violencia no es solamente intervenir cuando el daño ya ocurrió.

    Quizás el desafío de este tiempo sea animarnos a construir otros relatos. Relatos donde la fuerza no se confunda con dominio, donde el amor no exija renuncias que lastiman y donde la diferencia no sea una amenaza sino una posibilidad de encuentro.

    Porque toda sociedad cuenta historias sobre sí misma. Y las historias que elegimos sostener terminan definiendo la vida que hacemos posible para los demás y para nosotros mismos.

    Como escribió Simone de Beauvoir:

    “Basta una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados.”

    Una frase para recordar que la igualdad no es una conquista definitiva, sino una construcción que requiere conciencia, diálogo y compromiso permanente de todos; pero de algunos, mucho más.

    Pintura: ‘Susana y los Viejos’, de Artemisia Gentileschi.

  • El precio secreto de quererlo todo
    autorretrato surrealista El Sueño (La cama), de la pintora mexicana Frida Kahlo

    El precio secreto de quererlo todo

    Hay una fantasía que nos acompaña desde muy temprano: la idea de que algún día encontraremos la forma de no perder nada.

    Tener tiempo para todo.
    Amar sin sufrir.
    Elegir sin renunciar.
    Cambiar sin dejar atrás.
    Crecer sin despedirse de ninguna versión de nosotros mismos.

    Y, sin embargo, la vida tiene una noticia que suele llegar tarde, pero llega.

    Todo acto de elegir implica una pérdida.

    No porque la vida sea cruel, sino porque es real.

    Cuando elegimos una profesión, dejamos miles de caminos sin recorrer. Cuando nos comprometemos con una persona, renunciamos a todas las demás historias posibles. Cuando decidimos mudarnos, algo queda atrás. Cuando nos quedamos, también.

    La madurez no consiste en encontrar la decisión perfecta. Consiste en tolerar que toda decisión deja algo afuera.

    Muchas veces el sufrimiento no proviene de lo que perdimos, sino de nuestra negativa a aceptarlo.

    Queremos el cambio, pero sin abandonar lo conocido.

    Queremos la libertad, pero sin incertidumbre.

    Queremos la plenitud, pero sin vacío.

    Y así terminamos agotados intentando sostener simultáneamente puertas que se abren y puertas que se cierran.

    Tratar de vivir de un modo sano implica poder soportar la idea de que todo no se puede.

    No se puede estar en todos los lugares.

    No se puede ser todas las personas.

    No se puede vivir todas las vidas.

    Pero cuando dejamos de luchar contra esa verdad aparece algo inesperado: el alivio.

    Porque ya no estamos ocupados intentando conservarlo todo.

    Estamos ocupados viviendo.

    Y vivir, después de todo, nunca fue acumular posibilidades.

    Fue habitar plenamente una.

    Un ejercicio de escritura poco habitual

    Tomá una hoja y escribí arriba:

    “Las vidas que no voy a vivir.”

    Debajo hacé una lista.

    No de tus fracasos.

    De tus posibilidades.

    La artista que quizás no serás.
    La ciudad donde probablemente no vivirás.
    La relación que no ocurrió.
    El proyecto que quedó pendiente.

    Escribí cada una como si estuvieras despidiéndola con respeto.

    Después, al lado de cada frase, completá:

    “Gracias por mostrarme que también existías.”

    No busques tristeza ni optimismo.

    Buscá verdad.

    Porque una parte importante de crecer consiste en dejar de pelearse con los caminos que no fueron elegidos y empezar a cuidar, con presencia y ternura, el único camino que hoy sí está bajo nuestros pies.

    *Pintura: Autorretrato surrealista El Sueño (La cama), de la pintora mexicana Frida Kahlo

  • Acto psicomágico para liberar una decisión estancada
    Portal evolutivo

    Acto psicomágico para liberar una decisión estancada

    Necesitas:

    • una llave vieja
    • un vaso con agua,
    • un papel pequeño.

    Por la noche, escribí en el papel:

    “Devuelvo el miedo que no me pertenece.”

    Dobla el papel y colócalo debajo del vaso con agua.

    Toma la llave entre las manos y decí:

    “Abro mi vida aunque no controle el resultado.”

    Dormí con la llave debajo de la almohada.

    A la mañana siguiente:

    • tirá el agua en tierra (maceta,pasto)
    • rompe el papel con las manos,
    • y deja la llave en una puerta que uses todos los días.

    No como amuleto.
    Como recordatorio:

    las puertas no aparecen para ser admiradas.
    Aparecen para ser atravesadas.

  • La decisión no siempre se toma: a veces se escucha. Según cada signo.

    La decisión no siempre se toma: a veces se escucha. Según cada signo.

    Hay decisiones que no se piensan.
    Se mastican durante meses.
    Aparecen en el cuerpo antes que en la cabeza: insomnio, ansiedad, irritación, cansancio, hambre emocional, necesidad de escapar o de controlar todo.

    Y muchas veces confundimos “no saber qué hacer” con falta de claridad, cuando en realidad lo que existe es exceso de voces.

    La propia.
    La familiar.
    La del miedo.
    La del deber.
    La de la versión antigua de una misma.

    Desde una mirada sistémica, decidir no es solamente elegir entre dos caminos. Es también reconocer desde qué lugar interno estamos eligiendo.

    Porque una decisión tomada para pertenecer rara vez trae paz.
    Y una decisión tomada para demostrar algo suele salir cara.

    A veces el alma quiere una cosa… y el sistema familiar otra.

    Por eso hay personas que no logran irse de lugares que las apagan.
    Otras que no pueden sostener el amor cuando aparece.
    Y otras que cambian de rumbo constantemente porque en el fondo todavía están buscando permiso.

    La verdadera decisión suele aparecer cuando dejamos de preguntarnos:

    “¿Qué debería hacer?”

    Y empezamos a preguntarnos:

    “¿Qué parte de mí está eligiendo esto?”

    ¿Como decide cada signo?

    • Aries: decide rápido, pero necesita revisar si está reaccionando o eligiendo.
      Test útil: hacer una caminata intensa antes de decidir. Si la idea sigue viva después del movimiento, es real.
    • Tauro: necesita sentir seguridad corporal.
      Test útil: imaginar la decisión dentro de seis meses. Si el cuerpo se relaja, hay verdad.
    • Géminis: piensa demasiado y se dispersa.
      Test útil: hablar solo en voz alta y grabarse. La respuesta aparece entre frases.
    • Cáncer: mezcla intuición con nostalgia.
      Test útil: preguntarse: “¿Esto lo deseo o simplemente me recuerda algo conocido?”
    • Leo: necesita coherencia con su identidad profunda.
      Test útil: escribir la decisión como si fuera el título de una autobiografía.
    • Virgo: analiza hasta agotarse.
      Test útil: decidir con una sola información esencial, no con veinte.
    • Libra: teme perder vínculos al elegir.
      Test útil: imaginar la decisión sin pensar en la opinión de nadie.
    • Escorpio: sabe la verdad antes que todos, pero teme el cambio real.
      Test útil: detectar qué parte de la vida moriría con esa decisión.
    • Sagitario: necesita sentido y expansión.
      Test útil: preguntarse cuál opción le devuelve energía vital.
    • Capricornio: prioriza lo correcto antes que lo auténtico.
      Test útil: separar éxito de lealtad familiar.
    • Acuario: decide desde la mente futurista y desconecta emoción.
      Test útil: notar si la decisión también puede sostenerse afectivamente.
    • Piscis: absorbe deseos ajenos y se confunde.
      Test útil: pasar un día completo sin pedir opiniones.

    Un ejercicio de escritura para decidir distinto

    No hagas listas de pros y contras.
    Hacé esto:

    Escribí dos cartas breves.

    La primera empieza así:

    “La versión de mí que tiene miedo quiere que yo…”

    La segunda:

    “La versión de mí que ya atravesó esto sabe que…”

    No las analices.
    No las corrijas.
    Solo observá algo:

    ¿Cuál de las dos tiene más verdad en el cuerpo mientras escribís?

    Porque hay decisiones que no traen alivio inmediato.
    Traen dirección.

    Y a veces eso es mucho más importante.

  • Hay personas que se quedan suspendidas adentro
    La silla de Vincent con pipa es un "autorretrato" muy original del artista transmutado en un mueble que refleja la melancolía que le invadía.

    Hay personas que se quedan suspendidas adentro

    Una parte de mí
    todavía acomoda la mesa
    como si fueras a volver

    la otra
    ya vendió las sillas para pagar el invierno

    una quiere sostener la memoria
    aunque le sangre las manos

    la otra mira alrededor
    y no encuentra dónde apoyar el cuerpo
    sin sentirse extranjera

    es extraño el duelo
    nadie habla de esta mitad del camino

    cuando todavía amás algo
    pero ya no podés vivir ahí

    cuando soltar parece traición
    y quedarse
    una forma lenta de desaparecer

    entonces una aprende
    a hacer hogar en cosas mínimas

    en una taza infantil
    en regar una planta
    en dejar de explicar el cansancio

    porque a veces sanar
    no es avanzar

    es dejar de tironearse
    entre dos versiones de una misma mujer.

    Ritual: “La silla vacía”

    Esta noche no escribas cartas.
    No quemes papeles.
    No cierres ciclos.

    Hacé algo más raro.

    Poné una silla frente a vos.
    Encima dejá un objeto pequeño que represente eso que no podés soltar:

    una llave,
    una piedra,
    una prenda,
    una palabra escrita.

    Sentate enfrente durante cinco minutos sin música y sin teléfono.

    Y en vez de preguntar:

    “¿Cómo hago para soltar?”

    preguntá:

    “¿Qué parte de mí cree que se quedará sin identidad si esto termina?”

    Después levantate sin responder nada.
    Solo cambiá la silla de lugar.

    El cuerpo entiende movimientos que la mente todavía no puede nombrar.

  • Manual breve para brujas cansadas

    Manual breve para brujas cansadas

    Hay días
    en que ser una bruja moderna
    no tiene nada de místico.

    Es contestar mensajes
    mientras el alma pide bosque.

    Pagar cuentas
    con la intuición incendiada.

    Aprender
    que también es magia
    decir:

    “hoy no puedo salvar a nadie.”

    Nos enseñaron rituales
    para atraer amor, abundancia, señales.
    Pero nadie habló
    del hechizo más difícil:

    habitar el propio cuerpo
    cuando el mundo entero
    parece una alarma encendida.

    Una bruja moderna
    no siempre tiene altares.

    A veces tiene ojeras,
    una planta sobreviviendo en la cocina
    y un cuaderno lleno
    de versiones de sí misma.

    Y aun así
    cada mañana
    vuelve a elegir la ternura
    como quien enciende una vela
    en medio del apagón.

    Ritual práctico: “La taza que absorbe ruido”

    No necesitás luna llena.
    Ni sahumos caros.

    Solo:

    • una taza vacía,
    • agua tibia,
    • y algo escrito a mano.

    Escribí en un papel una frase que tu mente repita últimamente:

    • “no llego”,
    • “todo depende de mí”,
    • “me tengo que apurar”.

    Doblalá y apoyala debajo de la taza.

    Luego serví agua tibia y sostenela entre las manos un minuto completo, sin hacer nada más.

    Mientras el calor sube, preguntate:

    “¿Qué parte de mí vive como si todavía hubiera peligro?”

    Después rompé el papel.
    No como rechazo.
    Como quien deja de alimentar una voz vieja.

    Y tomá el agua lentamente.

    Porque a veces la magia no aparece para cambiar el destino.
    Aparece para recordarle al sistema nervioso
    que ya puede salir del modo supervivencia.