Los ojos con los que aprendimos a mirarnos

Desde una mirada sistémica, comprendemos que nuestra forma de mirarnos no nace de la nada. Se construye dentro del sistema familiar y de los vínculos que nos dieron pertenencia.
Desde una mirada sistémica, comprendemos que nuestra forma de mirarnos no nace de la nada. Se construye dentro del sistema familiar y de los vínculos que nos dieron pertenencia.

En algunos momentos de la vida dejamos de vernos con nuestros propios ojos.

No sucede de golpe. Ocurre lentamente, casi sin darnos cuenta.

Primero buscamos la mirada de mamá. Después la de papá. Más tarde la de una maestra, un amigo, una pareja o un jefe. Poco a poco empezamos a construir una imagen de nosotros mismos con los reflejos que los demás nos devolvieron.

Si nos dijeron que éramos sensibles, quizás aprendimos a ocultar las lágrimas. Si nos hicieron sentir que molestábamos, tal vez comenzamos a pedir menos. Si recibíamos reconocimiento solo cuando hacíamos todo bien, es posible que hoy nos cueste crear sin buscar perfección.

Con el tiempo, esas voces dejan de parecer ajenas. Se convierten en nuestra voz interior.

Y creemos que somos nosotros quienes nos juzgamos. Pero solo repetimos frases heredadas.

Desde una mirada sistémica, comprendemos que nuestra forma de mirarnos no nace de la nada. Se construye dentro del sistema familiar y de los vínculos que nos dieron pertenencia. Todos necesitamos ser vistos. Necesitamos sentir que alguien reconoce nuestra existencia sin pedirnos que seamos distintos para merecer amor.

Por eso, cuando esa mirada estuvo teñida por la exigencia, la ausencia o la crítica, solemos convertirnos en nuestros propios jueces.

Y la creatividad es una de las primeras en esconderse.

Porque crear implica mostrarse.

Implica equivocarse.

Implica dejar que algo íntimo salga al mundo.

Si sentimos que ser vistos es peligroso, nuestra creatividad aprende a protegerse quedándose en silencio.

Existe una historia que ilustra profundamente esta idea.

La historia de Hikari Ōe.

Hikari nació con una lesión cerebral que hacía pensar que tendría graves limitaciones para desarrollarse. Muchos profesionales les dijeron a sus padres que nunca podría llevar una vida plena y hasta sugirieron que no valía la pena esperar demasiado de él.

Su padre, el escritor Kenzaburō Ōe, atravesó una profunda crisis. Sin embargo, en lugar de someter a su hijo a un diagnóstico, comenzó a observarlo con curiosidad y presencia.

Un día descubrieron que Hikari respondía de manera extraordinaria al canto de los pájaros y a la música. Esa sensibilidad fue acompañada con paciencia y respeto. Con el tiempo, Hikari comenzó a componer y terminó convirtiéndose en un reconocido compositor.

Su música aquí:

No fue la exigencia la que abrió ese camino.
Fue la capacidad de alguien de ver más allá de lo evidente.

Quizás esa sea una de las tareas más importantes de la vida adulta: dejar de buscarnos en los ojos de los demás y comenzar, poco a poco, a ofrecernos la mirada que alguna vez necesitamos.

Tal vez hoy puedas regalarte un minuto frente a un espejo.

No para descubrir defectos.

No para corregirte.

Solo para preguntarte, con honestidad:

¿Quién me mira cuando me miro?

Cada vez que elegís mirarte con un poco más de amabilidad, no solo cambia la relación con vos mismo. También empieza a despertar esa parte creativa que nunca dejó de esperar una mirada capaz de decirle, simplemente:

“Te veo. Y eso es suficiente.”

Te comparto una meditación para que puedas ir a esa profundidad de:

“ Volver a mirarme con mis propios ojos”

Si la realizás con ojos abiertos

-Buscá un espejo que puedas sostener entre tus manos.

-También podés realizarla con ojos cerrados  

-Podés usar auriculares

-Sentada buscá una posición erguida pero cómoda, apoyando la espalda en el asiento.